Las mil y una noches
Las mil y una noches El Príncipe, deseando recobrar el talismán, siguió al pájaro, sin darse cuenta de que se alejaba del campamento. Al undécimo día desapareció el pájaro, pero no por eso dejó de andar y andar el Príncipe, hasta que llegó a las puertas de una gran ciudad sobre cuyos muros volvió a ver el pájaro, que en aquel momento se tragaba el talismán.
Profundamente afligido, recorrió el Príncipe algunas calles de la ciudad y entró, por último, en un huerto cuya puerta estaba abierta.
Era el hortelano un hombre de muy nobles sentimientos. Al ver al extranjero abandonó el trabajo, le llevó a la casa, donde le dispensó todas las atenciones de la verdadera hospitalidad, y cuando el Príncipe hubo comido y descansado le preguntó el motivo de su llegada.
Camaralzamán le hizo un completo relato de su aventura, y acabó preguntándole cuándo y cómo podría regresar a la capital del reino de su padre.
—¡Ah, hijo mío! —le contestó el hortelano—. Desde esta ciudad a los países en que gobiernan los musulmanes hay un año de camino. Por mar se llega en mucho menos tiempo; pero habéis de esperar un año hasta que salga el buque que va a la isla de Ébano, desde donde os podréis trasladar fácilmente a la isla de los Niños Calendas. Entretanto, si queréis esperar todo ese tiempo, os ofrezco mi casa con mucho gusto.