Las mil y una noches
Las mil y una noches El Príncipe aceptó el ofrecimiento y se quedó en casa del hortelano.
Dejémosle allí para reunirnos con la Princesa.
Cuando la hermosa joven se despertó, sorprendióse desagradablemente de no ver en la tienda a su esposo; luego, viendo que las horas transcurrían sin que el Príncipe volviese, comenzó a dejarse vencer por la más honda tristeza, y cuando llegó la noche, sospechando que a su esposo le había ocurrido alguna desgracia, se sobrepuso a su dolor y tomó una resolución poco común en su sexo. Únicamente sus esclavas estaban enteradas de la desaparición del Príncipe, y esta circunstancia favoreció sus planes. Prohibióles, bajo pena de muerte, que hablasen con nadie de lo que ocurría, vistióse con las ropas de su marido, y en cuanto amaneció el nuevo día montó en un caballo, colocó a una de sus mujeres en la litera y ordenó que se reanudase el viaje.
Tenía un parecido tan sorprendente con el Príncipe, que nadie en el campamento sospechó de la superchería.
Al cabo de varios meses de viaje por tierra y por mar, arribó felizmente el buque que la conducía a la capital de la isla de Ébano.