Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Al punto se propagó la noticia de que acababa de llegar en aquel buque el príncipe Camaralzamán, que realizaba un viaje de placer, y apenas llegó el rumor a oídos del rey se trasladó éste al puerto en el momento que desembarcaba el supuesto Príncipe.

El soberano, que creía ver en Badoure el hijo de un rey poderoso y amigo, le dispensó una acogida cariñosísima, lo hospedó en su palacio y mandó que se, celebraran festejos en su honor.

Transcurridos tres días, Badoure expresó su deseo de volver a embarcarse para proseguir su viaje; pero el rey, que estaba encantado del que él suponía Príncipe, le dijo:

—Señor, como veis, soy ya muy viejo y Dios no me ha concedido la gracia de darme un hijo que me suceda en el trono. Tengo, sin embargo, una hija bellísima, y digna en todo de un Príncipe como vos. Tomadla, pues, por esposa, junto con mi corona, que pondré en vuestras manos el mismo día de la boda, y renunciad a, abandonar este reino.

La princesa Badoure se quedó un momento perpleja: ¿cómo iba ella a tomar esposa no siendo hombre? Pero, como era pronta en sus resoluciones, pensó que tal vez aseguraría así un reino a su esposo, y contestó sin vacilar:


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