Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Grande es el honor y la merced que me hacéis y sería muy ingrato si los rehusase. Acepto, pues, vuestra hija y vuestra corona, a condición, empero, que nunca me han de faltar vuestros consejos, cuando de gobernar el reino se trate.

Quedó así convenido, y a los pocos días se celebraba solemnemente la ceremonia del casamiento del supuesto. Camaralzamán con la hija del rey de Ébano, que se llamaba Hayatalnefous.

En cuanto los nuevos esposos se hallaron solos en su dormitorio, la princesa Badoure se arrojó a los pies de su esposa y le dijo:

—Amable y bellísima Princesa, reconozco toda la gravedad de mi falta y me culpo y condeno a mí misma; pero confío en vuestra bondad y en que, cuando conozcáis mi desgracia, me perdonaréis y no revelaréis jamás el secreto de lo que voy a deciros.

Y le hizo un minucioso relato de su vida.

—Princesa —repuso Hayatalnefous—, cruel ha sido el Destino separándoos tan pronto de un marido tan amante y tan amado, y hago votos porque os volváis a reunir cuanto antes. Entretanto, os juro que guardaré vuestro secreto, en la confianza de que seguiréis gobernando el reino tan dignamente como habéis comenzado. Os pedía un amor que no podéis otorgarme; pero me consideraré feliz si no me consideráis indigna de vuestra amistad.


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