Las mil y una noches
Las mil y una noches Repuesto de su emoción, comenzó su trabajo, que consistía aquel día en cortar un árbol. Otra sorpresa le aguardaba: al descargar el primer hachazo en las raíces, oyó un ruido metálico y el arma rebotó. Intrigado por este hecho, el Príncipe apartó cuidadosamente la tierra, dejando al descubierto una plancha de bronce que ocultaba la entrada de un subterráneo.
Bajó resueltamente los diez escalones que se ofrecieron a su vista al levantar la plancha y se encontró en una vasta cueva que encerraba cincuenta grandes ánforas llenas de polvo de oro. Salió de la cueva, alborozado por el descubrimiento que acababa de hacer, y se apresuró a ponerlo en conocimiento del hortelano.
Éste había sabido la víspera que el buque que hacía la travesía a la isla de Ébano zarparía dentro de pocos días, y apenas vió al joven le dijo alegremente:
—Hijo mío, preparaos para regresar a vuestra patria en el término de tres días.
—Nada más grato podíais anunciarme en el estado en que me encuentro.
Y le habló de su hallazgo y de su propósito de entregárselo.
El buen hortelano se opuso a aceptar aquel tesoro; pero, al fin, tras larga discusión, se avino a quedarse con veinticinco de las cincuenta ánforas llenas de polvo de oro.