Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Inmediatamente se hicieron los preparativos para la partida del Príncipe, y para evitar la codicia de los ladrones y los riesgos que podía correr el tesoro, si se traslucía siquiera el contenido de las ánforas, decidieron colocar el polvo de oro en cincuenta vasijas recubiertas de aceitunas, que era un fruto muy estimado en Ébano, donde escaseaba siempre.

Así lo hicieron, y temeroso Camaralzamán de que se le perdiese el talismán, lo ocultó entre el oro de una de las vasijas.

El pobre hortelano, sea porque hubiese trabajado demasiado aquel día, por la emoción o a causa de su edad avanzada, pasó muy mala noche, y al tercer día estaba gravemente enfermo.

El capitán del buque y varios marineros se presentaron en el huerto para hacerse cargo de las mercancías y prevenir al viajero.

—¿Quién es el pasajero que ha de embarcar? —preguntó el capitán al Príncipe.

—Soy yo —repuso éste—. El hortelano que os habló no puede recibiros porque está muy enfermo; pero esto no impide que llevéis a bordo esas vasijas de aceitunas, que son las mercancías que llevaré a Ébano.

Los marineros cargaron con los bultos y el capitán dijo, al tiempo de retirarse:

—Venid en seguida porque el viento es favorable y sólo espero a vos para hacerme a la vela.


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