Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Cuando el Príncipe volvió a entrar en el aposento del hortelano, éste agonizaba, y a los pocos instantes dejaba de existir.

Camaralzamán se apresuró a lavar el cadáver y darle sepultura en el mismo huerto; pero, por mucha, prisa que se dió, cuando llegó al puerto el buque habíase hecho a la mar.

El desgraciado Príncipe hubo de volver a casa del hortelano, que le había hecho donación de sus bienes, resignado a esperar un año más cultivando la tierra.

El buque, con viento favorable durante toda la travesía, llegó felizmente a Ébano.

El nuevo rey o, mejor dicho, la princesa Badoure, había ordenado que ninguna nave desembarcara las mercancías que transportase sin que el capitán se presentase antes en Palacio. Así, pues, en cuanto echó el ancla el buque que debía haber conducido a Camaralzamán, su capitán se apresuró a cumplir el bando.

El supuesto rey hizo al marino, diferentes preguntas acerca de los pasajeros y de las mercancías, y en cuanto oyó decir que entre éstas había cincuenta vasijas de aceitunas, fruto que le gustaba sobremanera, dijo al capitán:

—Las compro todas, pero haced que las desembarquen en seguida para que nos arreglemos sobre el precio.


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