Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Señor —repuso el marino—, esas cincuenta vasijas pertenecen a un mercader que se quedó en tierra por no haber llegado a tiempo.

—¿Qué importa? —replicó la Princesa—. Haced que las desembarquen, puesto que he de pagar por ellas su justo precio.

El capitán envió la chalupa al buque para recoger las cincuenta vasijas.

Como la noche estaba ya próxima, Badoure se retiró a las habitaciones de la princesa Hayatalnefous, e hizo llevar allí las aceitunas. Abrió una de las vasijas y, al observar que las aceitunas estaban cubiertas de polvo de oro, no pudo contener una exclamación de sorpresa.

Mandó entonces a las esclavas que volcasen todas las vasijas, y cuando le tocó el turno a aquella en la que Camaralzamán había ocultado el talismán, lanzó un grito y estuvo a punto de desmayarse.

Pero se repuso en seguida, besó repetidas veces el talismán y se retiró a sus habitaciones, después de ordenar que a la mañana siguiente se le presentase el capitán del buque.

—Dadme —le dijo, cuando fué conducido a su presencia— noticias más concretas y precisas del mercader que es dueño de las aceitunas que compré ayer.


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