Las mil y una noches
Las mil y una noches Horrorizados los jóvenes príncipes de lo que se les proponía, dieron muerte a los eunucos que les habían entregado las cartas, pero no dejaron de acudir a las citas, aunque con el exclusivo objeto de recriminar a las dos madres su insensata pasión.
Encolerizadas ambas por la tremenda repulsa, decidieron sacrificar sus hijos a su odio, y con crueldad inconcebible acusaron ante el rey a los dos príncipes de haber intentado abusar de ellas.
Camaralzamán, ciego de ira, y sin tomarse la molestia de averiguar si había algo de verdad en tan infame acusación, ordenó a un eunuco que condujese a los dos jóvenes al campo y les cortase la cabeza.
Afortunadamente, el encargado de ejecutar tan bárbara orden tuvo compasión de los príncipes, y, en vez de matarlos, se limitó a despojarles de sus vestiduras que, manchadas con la sangre de un animal, entregó al Rey.
—¿Has cumplido fielmente mi mandato? —le preguntó Camaralzamán.
—Señor —repuso el eunuco—, aquí tiene Vuestra Majestad la prueba. Con admirable valor y suprema resignación han sufrido el castigo, protestando de su inocencia y perdonando al Rey su padre, que, según afirmaron, había sido engañado.