Las mil y una noches
Las mil y una noches Hondamente conmovido por el relato del eunuco, Camaralzamán registró los vestidos de sus dos hijos y encontró las cartas que, acompañadas de un rizo de cabellos, habíanles enviado Badoure y Hayatalnefous. Comprendió entonces el desventurado Rey la perfidia de sus esposas, y mandó que fuesen encerradas por toda su vida en dos prisiones distintas, jurando que nunca jamás volvería a verlas.
Entretanto los jóvenes príncipes caminaron a la ventura, y al cabo de un mes llegaron a la vista de una ciudad; pero Assad estaba de tal modo rendido por el cansancio, que no pudo dar un paso más.
—Hermano mío —le dijo entonces Amgiad—, mientras tú te repones, iré yo a la ciudad, y cuando sepa en qué país nos encontramos y haya preparado nuestro alojamiento, volveré para recogerte.
Así lo hicieron, pero en cuanto Assad hubo llegado a las puertas de la ciudad, le salió al encuentro un anciano que le ofreció hospitalidad en su propia casa. El Príncipe aceptó el ofrecimiento y siguió al viejo; pero apenas entró en la casa de éste y vió otros cuarenta ancianos sentados en torno de un hogar, comprendió que había caído en poder de los Adoradores del Fuego y se dió por perdido.
—Hoy es un gran día para nosotros —dijo el anciano que había engañado al Príncipe—, porque tenemos una víctima que sacrificar a nuestra divinidad.