Las mil y una noches
Las mil y una noches 
UN poderoso rey de Bassora vivía en la más grande aflicción por carecer de un hijo que heredase la corona, cuando el Cielo oyó al fin las plegarias del monarca, y le concedió el bien que deseaba, o sea, un príncipe que recibió el nombre de Zeyn Alasmán.
Los astrólogos del reino vaticinaron que el recién nacido viviría largos años, aunque no exentos de adversidades y peligros, de los cuales triunfaría con valor y constancia. Murió al poco tiempo el rey de Bassora, y el joven príncipe Zeyn le sucedió en el trono, pero, en vez de seguir los consejos de su difunto padre, se entregó desenfrenadamente a los placeres y a los desórdenes, de tal modo que, después de gastar una cuantiosa fortuna, provocó el descontento de sus pueblos, que estuvieron a punto de sublevarse contra el poder del soberano. Los consejos de la Reina madre, que aun vivía, remediaron el mal a tiempo, y el Príncipe, avergonzado de su conducta, cayó en una melancolía mortal y en una aflicción de que nadie pudo consolarle.
Una noche se le apareció en sueños un anciano venerable que le dijo con benévola sonrisa:
—Príncipe Zeyn, si quieres encontrar la felicidad que has perdido, vete al Cairo, donde te espera una gran fortuna.