Las mil y una noches
Las mil y una noches Pasaron pocos días y ya estaba. Zeyn Alasmán en el Cairo, en cuya ciudad vió a Mobarec convertido en un gran señor. Contóle su aventura y el antiguo esclavo besó con respeto los pies del hijo de su señor.
—Estoy pronto a acceder a vuestros deseos —dijo al Príncipe—, pero no debo ocultaros los peligros que debéis arrostrar hasta llegar al paraje en que veremos la estatua.
—Todos los desafío —replicó el Príncipe—, y suceda lo que Dios quiera; estoy dispuesto a soportar resignado la muerte si es preciso.
Mobarec se puso en camino con el príncipe Zeyn, seguidos ambos de un crecido acompañamiento de esclavos. Después de muchos días de marcha, llegaron a la orilla de un gran lago, solos completamente, porque Mobarec había ordenado a la comitiva que se quedase a cierta distancia.
—Príncipe —dijo Mobarec—, no os asombre el medio extraordinario que se nos presentará para atravesar el lago, y sobre todo os ruego que guardéis durante la travesía el mayor silencio, porque una palabra no más puede perdernos para siempre.