Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Al concluir de hablar Mobarec surgió del centro de las aguas un bajel de sándalo; el mástil era de ámbar con una banderola de raso azul, y la cabeza del único barquero que tripulaba el pequeño buque tenía la forma de un elefante y el cuerpo la de un tigre. Aquel monstruo horrible asió con la trompa al Rey y luego a Mobarec, los trasladó en su barca a la orilla opuesta y desapareció en seguida.

—Estamos —dijo Mobarec— en la isla del Rey de los Genios, residencia semejante al paraíso que el Profeta guarda para los buenos creyentes.

En efecto, Zeyn no se cansaba de admirar los campos maravillosos por donde transitaban, hasta que al fin distinguieron un palacio fabricado de esmeraldas, con puertas de oro, y rodeado de árboles gigantescos que daban sombra y perfume a tan sorprendente edificio, Mobarec conjuró con palabras cabalísticas al Rey de los Genios, soberano y dueño de aquel palacio, y en el momento se cubrió la isla de tinieblas, retumbó el trueno antecedido de relámpagos brilladores, silbó el viento con furia horrible y se presentó el Genio, a quien el Príncipe pidió humildemente la novena estatua en la forma que de antemano le había prevenido Mobarec.


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