Las mil y una noches
Las mil y una noches —¡Que Dios te proteja! —exclamó el Genio al ver al prÃncipe Zeyn Alasmán—. Yo soy la visión que se te ha presentado en sueños bajo la forma de un anciano, y sabÃa por consiguiente lo que hoy ibas a pedirme. Tendrás la novena estatua que deseas, pero antes de designarte el sitio en que puedes, encontrarla, júrame traer a presencia mÃa a la joven de quince años más bella, más pura, y que reúna, en fin, las cualidades que tú buscarÃas en la mujer que fuese tu esposa. Ningún mal le sucederá y su familia volverá a verla tan poderosa y feliz como puede serlo una reina.
Zeyn prometió al Genio llevarle lo que pedÃa, y, en efecto, volvió a poco tiempo con la hija del gran Visir, reputada por la joven más virtuosa del reino.
—Estoy contento —dijo el Genio al ver a la doncella—, y ahora regresa a tus Estados, baja al gabinete subterráneo, y en el noveno pedestal, vacÃo hasta hoy, hallarás la estatua de inestimable valor que tanto anhelas.