Las mil y una noches

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Y desapareció en compañía de la joven, no sin inquietud por parte del Príncipe, que comenzaba a amar a la hermosa hija del Visir y que no sabía, además, lo que iba a responder a éste cuando le preguntase por ella. Volvió a la capital triste y taciturno, y en unión de su madre la Reina se apresuró a bajar al gabinete para ver la novena estatua. Cuál no sería la admiración de ambos al reconocer en el noveno pedestal a la misma joven que había llevado Zeyn al Rey de los Genios, que apareció de repente en el gabinete y dijo:

—Príncipe, he aquí la novena estatua que os estaba reservada: vale más que todos los diamantes y las riquezas de la tierra, y como sé que la amáis os la dedico para esposa. Sed felices los dos y haced la dicha de vuestros numerosos vasallos.

Sonó un gran trueno, huyó el Rey de los Genios, y Zeyn hizo proclamar a la hija del Visir Reina de Bassora, donde se celebraron fiestas y regocijos en loor de los jóvenes esposos.





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