Las mil y una noches
Las mil y una noches Asà es que cuando la buena mujer entró en el aposento, ya estaba Nuzat llorando a lágrima viva junto al cuerpo de su esposo tendido en el suelo. La nodriza, enternecida y contenta al mismo tiempo al ver que su señora tenÃa razón cuando aseguraba que el muerto era Abou-Hassan, se apresuró a volver a las habitaciones del Califa, no sin haber alzado un poquito el turbante que cubrÃa el rostro del supuesto difunto y vertido algunas lágrimas en unión de la viuda. Zobeida oyó con aire de triunfo la relación de su nodriza, y Mesrour quedó anonadado al verse desmentido de aquel modo tan explÃcito y terminante.
—Esa vieja —dijo al fin— es una embustera y está chocheando.
—Vos sà que sois un mentiroso y un falsario rematado —replicó la nodriza llena de cólera.
Zobeida pidió justicia contra el insolente que asà se atrevÃa a insultar a una anciana.
El Califa estaba perplejo, sin tomar resolución ninguna, cuando dijo de pronto:
—Ya veo que todos mentimos, y lo mejor es que vayamos nosotros a convencernos por nuestros propios ojos de la verdad del caso. No veo otro medio de aclarar las dudas.
Pusiéronse en marcha los soberanos seguidos de Mesrour, de la nodriza y de una gran comitiva, y Nuzat, que los vió por la celosÃa, dió un grito de espanto.