Las mil y una noches
Las mil y una noches —¡Estamos perdidos! —exclamó.
—Nada temas —respondió Abou-Hassan con la mayor calma—. Finjámonos muertos los dos, como ya lo hicimos por separado, y todo saldrá perfectamente. Al paso que traen estaremos listos antes de que lleguen a la puerta.
En efecto, envueltos en el brocado del mejor modo posible, aguardaron la esclarecida visita que se acercaba. Quedáronse atónitos los recién venidos a la vista del fúnebre espectáculo que se les ofrecÃa.
Luego que hubo pasado la primera explosión de dolor, comenzaron de nuevo las disputas entre la nodriza y el jefe de los eunucos y el Califa y Zobeida, sobre quién de los dos, marido o mujer, habÃa muerto antes. Pasaron algunos momentos de inexplicable confusión, y el Califa, deseoso de aclarar el misterio y de vencer a su esposa, se acercó a los cadáveres y dijo con gran oportunidad y sabidurÃa:
—Juro por el santo nombre de Dios que daré mil monedas de oro a la persona que me diga cuál murió primero de los dos.
Apenas hubo el Califa pronunciado estas palabras, cuando Abou-Hassan pasó la mano por debajo del brocado y exclamó:
—Señor, yo fuà quien murió primero; dadme las mil monedas ofrecidas.