Las mil y una noches
Las mil y una noches La viuda de Mustafá hizo grandes preparativos, y pidió una vajilla prestada para recibir y obsequiar dignamente al hermano de su marido. Apenas estuvo todo corriente, llamaron a la puerta de la casa. Aladino se apresuró a abrir y entró el africano cargado de hermosas frutas y de botellas de vino que depositó sobre una mesa.
Renuncio a describir la escena que tuvo lugar, y las lágrimas que derramó el extranjero al evocar el recuerdo de su hermano, besando el sitio favorito que Mustafá ocupaba en el sofá del recibimiento.
Después de dar rienda suelta a su dolor, y cuando se hubo serenado un poco, dijo a la madre de Aladino:
—No extrañes, hermana mía, el no haberme visto durante tu matrimonio con Mustafá de feliz memoria. Hace cuarenta años que salí de este país que es el nuestro; he viajado por Asía y por África, donde he permanecido mucho tiempo, hasta que llegó un día en que sentí vivos deseos de volver a ver mi patria querida y los objetos amados del corazón. Son infinitas las contrariedades y grandes los peligros que he arrostrado hasta tocar el término de mi viaje, y figúrate cuál habrá sido mi pena al saber la muerte de mi amado hermano.
El mágico africano echó de ver el efecto que estas palabras hacían en la viuda.
Así es que cambió repentinamente de conversación, preguntando a su sobrino cómo se llamaba.
—Aladino —respondió el muchacho.