Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—¡Y bien, Aladino! ¿En qué te ocupas? ¿Sabes ya algún oficio?

Bajó Aladino los ojos avergonzado, y entonces su madre tomó la palabra para decir que era un holgazán y un perezoso, que su padre no había podido sacar fruto de sus consejos y de sus castigos, que ella se veía obligada a trabajar de continuo para mantener las obligaciones de la casa, y que estaba decidida a cerrar a su hijo las puertas del hogar para que fuese a otra parte a procurarse fortuna.

—Eso que tú haces no es razonable, Aladino —dijo el africano, mientras la pobre viuda lloraba copiosamente—. Es menester ayudarse para ganar la vida, y yo quisiera darte los medios de que seas hombre de provecho. Hay muchas ocupaciones y diversos oficios; si el de tu padre te disgusta, elige otro, por ejemplo, el de comerciante. Si lo aceptas, estoy dispuesto a ponerte al frente de una tienda de ricas telas; con el dinero que ganes puedes comprar otros géneros nuevos, y de esta manera reunirás con paciencia, honradez y trabajo, una fortuna que te aleje de la miseria.




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