Las mil y una noches
Las mil y una noches El rey de Persia, asombrado de aquel portento y deseoso de convencerse de él por sus propios ojos, contestó que desde luego quería ver el experimento.
El indio puso el pie en el estribo, montó con suma ligereza, y una vez en la silla, preguntó al soberano el lugar a donde se dignaba enviarle.
A tres leguas de Chiraz había un bosque que se descubría desde el palacio del Rey y desde la plaza en que se celebraba la fiesta, llena entonces de gran muchedumbre.
—Deseo que vayas a aquel bosque —dijo el Rey—: la distancia no es grande; pero como mi vista no puede seguirte hasta allí, en prueba de que has ido, te mando que me traigas una palma cortada de la gran palmera que encontrarás en la falda del monte.
Inclinó el indio la cabeza en señal de obediencia, dió vuelta a una clavija que sobresalía un poco en el cuello del animal, cerca del arzón de la silla, y el caballo se remontó como un relámpago, dejando atónitos al Rey y a los palaciegos, que no podían explicarse la causa del portento.