Las mil y una noches
Las mil y una noches Al cuarto de hora escaso divisaron de nuevo por los aires al indio que volvía con una palma en la mano. Dió muchas vueltas sobre la plaza en medio de los gritos entusiastas del pueblo, y luego fué a detenerse ante el trono del Rey, en el mismo lugar de donde había partido. Echó pie a tierra, depositando la palma a los pies del monarca, quien entró en deseos de ser dueño del caballo maravilloso, e hizo en el acto proposiciones al indio para comprarle.
—Señor —respondió éste—, no dudé jamás de que Vuestra Majestad, al persuadirse del mérito de mi cabalgadura, querría poseerla, como acaba de manifestarme. Desde luego estoy conforme en cedérosla con una condición; pero antes es forzoso que me explique. Yo no he comprado este caballo; me lo regaló el inventor y fabricante a cambio de la mano de mi hija, hoy su esposa, y me exigió que si alguna vez lo vendía fuese con gran ventaja.
—Estoy pronto —repuso el Rey— a concederte lo que apetezcas de cuanto mi reino encierra de rico y poderoso.
Esta oferta, por dilatada que fuese, era sin embargo inferior a la que el indio meditaba.
Así es que replicó: