Las mil y una noches
Las mil y una noches —Señor, doy las gracias a Vuestra Majestad por el ofrecimiento que me hace; pero no puedo cederle mi caballo si no me otorga en cambio la mano de la Princesa vuestra hija. Sólo a este precio seréis dueño del portento.
Los cortesanos, al oír estas palabras, prorrumpieron en estrepitosas carcajadas, y el príncipe Firuz, hijo mayor del Rey y heredero de la corona, se enfureció con el atrevimiento de aquel hombre.
Sin embargo, el Rey se mostró indeciso acerca del partido que debería tomar, y el Príncipe, viendo que su padre titubeaba, exclamó con ira:
—Os ruego, Señor, que rechacéis inmediatamente la proposición de ese hombre desconocido e insolente que aspira nada menos que a enlazarse con una de las familias más poderosas de la tierra.
—Hijo mío —dijo el Rey—, acepto tus indicaciones; pero sin duda no tienes en cuenta el mérito del caballo ni que el indio hará, si yo lo desecho, la misma demanda a otro rey, el cual puede excederme en generosidad, haciéndose dueño de una maravilla que yo quiero poseer a toda costa. Antes de prometer nada, desearía que probaras el caballo y examinases sus condiciones, si lo permite su dueño.