Las mil y una noches
Las mil y una noches El indio, que notó el benévolo acento del Rey, lo cual indicaba casi su decisión de admitirle por yerno, se apresuró a ayudar al Príncipe a montar en el caballo. Firuz subió a él con soltura y elegante gallardía, y apenas puso los pies en los estribos, cuando, sin esperar las instrucciones ni los consejos del indio, dió vuelta a la clavija que había visto tocar, y el caballo le arrebató con la misma velocidad que una saeta disparada por la mano de un robusto flechero.
Perdióse el Príncipe de vista a los pocos minutos, y el indio, lleno de sobresalto, dijo al Rey que no le hiciese responsable de las desgracias que pudieran ocurrir al Príncipe, puesto que había marchado sin enterarse del procedimiento necesario para dar dirección al caballo en el aire, y que consistía en apretar otra clavija situada en el lado contrario, con ayuda de la que se bajaba de nuevo hacia la tierra.
Comprendió el Rey al punto el grave peligro en que estaba su hijo, y le desconsoló mucho al pensar que aun descubriendo la clavija podría caer en el mar o en algunos peñascos, donde era segura su muerte.
—No temáis por eso, señor —replicó el indio—, porque mi caballo cruza los mares y los sitios peligrosos sin ningún riesgo del jinete, y le conduce al sitio a que éste desea dirigirse.