Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Montaba caballo blanco con brida y bocado de oro, y gualdrapa de raso azul salpicada de perlas; el puño del sable era un solo diamante; la vaina, de sándalo, incrustada de esmeraldas y de rubíes; y con tan lujosos atavíos, pero sin darse a conocer, se presentó al Rey, quien, prendado de su gallarda presencia, lo colocó al punto en el ejército. No tardó Codadac en distinguirse por su valor y sus proezas, y al poco tiempo, no sólo fué favorito del Rey, sino ayo de sus propios hermanos. Enfurecidos éstos al verse bajo la tutela de un advenedizo extranjero, como le llamaban, imaginaron el ardid de salir de la ciudad con pretexto de una partida de caza y permanecer ocultos en alguna aldea, a fin de que, alarmado el Rey con tan larga ausencia, mandase matar a Codadac por haber dado permiso a los jóvenes para alejarse de Palacio.

Así lo verificaron; Codadac cayó en el lazo, y el Rey, inquieto a los tres días por la tardanza de los príncipes, ordenó a Codadac que los buscase por todas partes, porque de no encontrarlos pagaría con su cabeza la imprudencia cometida.





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