Las mil y una noches
Las mil y una noches Encontró todas las tiendas cerradas, e inquiriendo el porqué, supo que uno de los más notables mercaderes de la ciudad había fallecido y que, siguiendo la costumbre, todos sus colegas habían ido al entierro.
Informóse Ganem de la mezquita donde se celebraban sus exequias y, enviando a casa al esclavo con el fardo, se encaminó a ella.
La ceremonia tenía lugar en una sala tapizada de negro.
Anochecía cuando todo hubo terminado.
Ganem observó con sorpresa que después de las exequias se servía una comida bajo las suntuosas tiendas, puestas en círculo, rodeando el sepulcro, según estilo del país.
—Soy extranjero —pensó—, y paso por ser un rico mercader. Los ladrones podrían aprovecharse de mi ausencia para robar mi casa.
Vivamente preocupado por estos pensamientos, comió algunos bocados apresuradamente y se marchó.
Corría precipitado para llegar más pronto; pero así como ocurre muchas veces, que cuanta más prisa se lleva, menos se adelanta, se extravió en la obscuridad y era ya casi la media noche cuando llegó a la ciudad, cuyas puertas encontró cerradas.
Este contratiempo le contrarió y hubo de buscar un sitio donde pasar la noche.