Las mil y una noches
Las mil y una noches Inmediatamente la muerte de Tormenta fué conocida en toda la ciudad.
Ganem fué de los últimos en saberla, porque casi nunca salía a la calle. Habiendo llegado a su noticia, dijo a la bella favorita del Califa:
—Señora, en Bagdad os creen muerta y la misma Zobeida creo que acaba por estar persuadida de que es así. Bendigo al Cielo, testigo de que vivís. Y pluguiere al Cielo que aprovechando esas falsas voces quisierais unir a la mía vuestra suerte y venir conmigo lejos de aquí a reinar en mi corazón.
La amable Tormenta, aunque sensible a las tiernas frases de Ganem, se hacía violencia, e invirtiendo el discurso:
—Señor —le decía—, no podemos impedir que Zobeida triunfe: pero dejémosla, porque barrunto que a ese triunfo seguirá muy de cerca el dolor. El Califa regresará y encontraremos el medio de informarle con secreto de lo ocurrido.
A los tres meses volvió el Califa a Bagdad.
Impaciente por ver a Tormenta, entró en su palacio, pero quedó asombrado al ver a sus oficiales vestidos de luto.
Preguntó en el acto por quién lo llevaban, pintado en su semblante el dolor.