Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Haroun-al-Raschid, cansado por fin, se retiró a reposar en su cámara, y se durmió sobre un sofá entre dos de las damas de su palacio.

Una de ellas, llamada Luz del Día, viendo dormido al Califa, dijo en voz muy baja:

—Estrella de la Mañana —así se llamaba la interpelada—, tenemos buenas noticias. El Comendador de los creyentes, nuestro señor y amo, tendrá una gran alegría cuando se entere de lo que tengo que decirle. Tormenta no ha muerto, sino que está en perfecta salud.

—¡Oh Cielo! —exclamó Estrella de la Mañana, transportada de gozo—, ¿sería posible que la bella, la graciosa, la incomparable Tormenta, esté todavía en el mundo?

Estrella de la Mañana dijo esas palabras con tal viveza y en tan alto tono de voz, que el Califa despertó y preguntó por qué le habían interrumpido en su sueño.

—¡Ah, señor! —respondió Estrella de la Mañana—, perdonadme esta indiscreción, pero no he podido contenerme al oír que Tormenta vive todavía.

—Y bien, ¿qué es lo que hay de eso? —dijo el Califa.


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