Las mil y una noches
Las mil y una noches —Ganem —sugirió la favorita—, no hay tiempo que perder: si me amáis, tomad pronto el vestido de uno de vuestros esclavos, tiznaos la cara y los brazos de hollÃn, colocaos alguno de estos platos en la cabeza y asà os tomarán por un joven sirviente y os dejarán marchar. Si os piden por el dueño, responded sin vacilar que está en casa.
El joven no sabÃa qué hacer y se habrÃa dejado, sin duda, sorprender si Tormenta no le hubiera dado prisa en disfrazarse. Asà lo hizo y sólo pudieron abrazarse tiernamente. Tal era su mutuo dolor, que no les fué posible pronunciar una sola palabra.
Ganem logró escapar, y mientras esto sucedÃa, el gran Visir entró en la cámara de Tormenta, sentada en un sofá y rodeada de cofres repletos de las mercancÃas de Ganem y del dinero que de ellas habÃa sacado.
Apenas Tormenta vió entrar al gran Visir, se postró con el rostro a tierra, como si se dispusiera a sufrir la muerte.
—Señor —dijo—, pronta estoy a recibir las órdenes del Comendador de los creyentes contra mÃ. No tenéis más que comunicármelas.