Las mil y una noches
Las mil y una noches —Señora —contestó Giafar postrándose también hasta tanto que ella se hubo puesto de pie—, no quiera el Cielo que nadie se atreva a poner sobre vos una mano profana. No tengo el designio de causaros el menor disgusto. Mis órdenes se reducen a suplicaros que me sigáis al palacio junto con el mercader que vivé en esta casa.
—Señor —añadió la favorita levantándose—, partamos: estoy pronta a seguiros. El joven mercader a quien debo la vida, no está aquÃ. Hace casi un mes que se marchó a Damasco, obligado por sus negocios y hasta su regreso me ha dejado en depósito estos cofres que veis. Os suplico que los lleven al palacio, para que yo pueda cumplir la promesa de tener de ellos el cuidado posible.
—Seréis obedecida, señora —replicó Giafar, quien dió en el acto a Mesrour las órdenes oportunas para llevarlos.
Por orden del Juez de policÃa fué demolida la casa, después de salir todos de ella, pero no pudo encontrarse a Ganem, de lo que se dió aviso al gran Visir.
—Y bien —le dijo Haroun-al-Raschid, viéndole entrar solo en su gabinete—, ¿has seguido mis órdenes?