Las mil y una noches
Las mil y una noches Esta ingenua declaración, lejos de excitar la ira del Califa, le calmó.
Mandóle que se levantase y le hizo sentar junto a él.
—Cuéntame —le dijo— tu historia desde el principio hasta el fin.
Ella le satisfizo con mucha destreza y gracia.
Cuando acabó de hablar, aquel príncipe le dijo:
—Creo todo lo que me has referido: pero, ¿por qué habéis tardado tanto en darme noticias vuestras? ¿Era menester aguardar un mes desde que regresé para hacerme saber donde os hallabais?
—Comendador de los creyentes —contestó Tormenta—, Ganem salía de su casa tan pocas veces, que no hay que extrañar que no hayamos sabido vuestro regreso. Además, Ganem, encargado de enviar el billete a Alba del Día, no ha podido hasta ahora encontrar el medio favorable para que fuese entregado en mano propia.
—Basta, Tormenta —repuso el Califa—; conozco mi fallo y quisiera repararlo colmando de beneficios a ese joven mercader de Damasco. Piensa, pues, lo que se puede hacer por él. Pide lo que quieras, que yo lo concederé.
A tales palabras, la favorita se arrodilló, el rostro en el suelo, y levantándose de nuevo, dijo: