Las mil y una noches
Las mil y una noches Marchó hacia el sitio donde moraban los joyeros.
Deteniéndose delante de la puerta, sin apearse, hizo llamar al sÃndico por uno de los eunucos.
—Acudo a vos —dijo ella, poniéndola la bolsa en las manos—, como a un hombre de quien se alaban los sentimientos piadosos. Os ruego que repartáis estas monedas entre los pobres extranjeros a quienes socorréis.
—Señora —contestó el sÃndico—, cumpliré con mucho gusto vuestros deseos; pero si deseáis ejercitar vos misma vuestra caridad y tomaros la molestia de venir a mi casa, veréis allà a dos mujeres dignas de vuestra compasión. Las encontré ayer al entrar en la ciudad.
Tormenta, sin saber por qué, sintió curiosidad por verlas.
El sÃndico querÃa acompañarla a su casa, mas ella no lo consintió y se hizo acompañar por un esclavo que él le suministró.
Llegada a la puerta, echó pie a tierra y siguió al esclavo. La mujer del sÃndico se postró ante ella para demostrarle el respeto que tenÃa a todo lo que pertenecÃa al Califa. Tormenta le hizo levantarse y le dijo:
—Mi buena señora: os ruego que me permitáis hablar con las dos extranjeras que ayer llegaron a Bagdad.