Las mil y una noches
Las mil y una noches —Señora —contestó la mujer del sÃndico—, están ahà en estas dos camas que veis una frente a otra.
Eran esas dos mujeres una joven y otra vieja y por la semejanza de sus rostros se conocÃa que eran madre e hija.
La favorita se acercó a ellas y, mirándolas con atención:
—Buena mujer —dijo—, os ofrezco mis servicios. No carezco de crédito en la ciudad y puedo seros útil a vos y a vuestra compañera.
—Señora —contestó ésta—, por vuestros corteses ofrecimientos entiendo que el Cielo no nos ha abandonado del todo, por más que podÃamos suponerlo, según la magnitud de nuestros infortunios.
La favorita del Califa, después de enjugar sus lágrimas, dijo:
—Contadme, os lo ruego, vuestras desgracias.