Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Cuando el médico entró en el salón del trono y fué a postrarse a las plantas del Rey, éste le abrazó elogiándole como se merecía, y aun le invitó a sentarse con él a la mesa real, favor insigne, desconocido para los súbditos de aquel país. Además, le dió dos mil cequíes, y le hizo, en una palabra, objeto de sus continuas deferencias.

Ahora bien, este Rey tenía un gran Visir avaro, envidioso y capaz de cometer los más horrendos crímenes con tal de satisfacer sus malvados sentimientos.

—Señor —le dijo—, es muy peligroso para un soberano confiar a ciegas en un hombre cuya fidelidad no ha sido probada. Colmáis de beneficios a Dubán, sin saber si es un traidor que se ha introducido en vuestra corte con ánimo de asesinaros. Estoy muy bien informado, y puedo afirmar sin temor a ser desmentido, que Dubán ha salido del corazón de Grecia y venido aquí con el horrible designio de que acabo de hablar a Vuestra Majestad.

—No, no, Visir —interrumpió el Rey—; estoy seguro de que ese hombre a quien calificáis de pérfido es el más virtuoso que existe en el mundo y al que más quiero. Comprendo lo que pasa: su virtud excita vuestra envidia; pero os aseguro que no me inclinaréis injustamente en contra suya. Recuerdo muy bien lo que un visir dijo al rey Sindbad, su señor, para impedir que éste diese muerte a su hijo…


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