Las mil y una noches
Las mil y una noches Hecho esto fabricó una bola a su capricho, y provisto de ambos objetos se presentó al día siguiente a Su Majestad y le dijo que era preciso que montase a caballo y fuese a la plaza pública a jugar al mallo.
Obedeció el Rey, y cuando estuvo en el lugar designado para el juego, se le acercó el médico y le dijo, entregándole el mazo ya preparado:
—Tomad, señor; empujad esta bola con el mazo que os presento, hasta que a fuerza de hacer ejercicio sintáis la mano y el cuerpo bañado en sudor. El remedio medicinal que he puesto en el mango penetrará por los poros al contacto del calor de la mano; entonces volveréis a Palacio para daros un baño, acostándoos en seguida, y mañana al amanecer estaréis curado completamente.
Obedeció el Rey los mandatos del médico sin apartarse de sus sabios consejos, y, en efecto, al día siguiente se levantó con el cuerpo sano y limpio de tal suerte, que no quedaron huellas de la horrible dolencia que antes le afligía. Hizo comparecer ante sí a los cortesanos para noticiarles el triunfo de Dubán, y todos manifestaron un gozo indecible.