Las mil y una noches
Las mil y una noches »El Califa la honró con sus lágrimas, que no fué dueño de contener, y, antes de retirarse a su cámara, dió la orden de romper todos los instrumentos, lo que fué desde luego ejecutado. Yo quedé toda la noche al lado de su cuerpo, lo lavé bañándolo con mis lágrimas, y al día siguiente fué sepultada, por orden del Califa, en una tumba magnífica que le había hecho construir en un sitio escogido por ella misma. Y ya que me habéis dicho —añadió— que se ha de llevar el cuerpo del Príncipe a Bagdad, estoy resuelta a hacer de modo que sea depositado en la misma tumba.
El joyero quedó sorprendido por la resolución de la esclava.
—No penséis tal cosa —le dijo—. El Califa no lo consentirá jamás.
—Vos creéis que la cosa es imposible, pero no lo es —repuso la confidente—, y convendréis en ello vos mismo cuando sepáis que el Califa ha dado libertad a todas las esclavas de Schesnselnihar, con una pensión a cada una suficiente para substituir, encargándome a mí del cuidado y de la guarda del sepulcro, con una renta considerable para mantenerlo y para mi particular subsistencia. Por otra parte, el Califa, no ignorando el amor del Príncipe y de Schesnselnihar, como os he dicho, y no habiéndose escandalizado por ello, no se incomodará por esto.