Las mil y una noches

Las mil y una noches

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El joyero no tuvo nada más que decir y rogó a la confidente que le mostrase aquella tumba para rezar su plegaria.

Grande fué su sorpresa al llegar allí y encontrar una multitud inmensa de ambos sexos, congregada de todos los puntos de Bagdad.

Desde lejos podía verse. El joyero, cuando hubo rezado su plegaria, volviéndose a la confidente, exclamó:

—Ya no encuentro imposible realizar todo cuanto habéis pensado. Tenemos que publicar, vos y yo, todo lo que sabemos de los amores del príncipe de Persia y de Schesnselnihar, y los detalles de su muerte ocurrida casi a un mismo tiempo; antes de que el cuerpo del Príncipe llegue a Bagdad, toda la población concurrirá a pedir que no sea separado del de Schesnselnihar.

La cosa se realizó, y cuando al día siguiente supieron que el cuerpo había de llegar, una multitud de gentes del pueblo, en número superior a veinte mil persona, salió a su encuentro.

La confidente esperó en la puerta de la ciudad, donde se presentó a la madre del Príncipe y le suplicó en nombre de todo el pueblo que permitiese que el cuerpo de los dos amantes que se amaron hasta la muerte tuviesen un solo sepulcro.


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