Las mil y una noches
Las mil y una noches Asà se ejecutó todo fielmente, no sin gran sobresalto de la madre del niño, la cual creyó que al ser llevado a Palacio de orden del Califa no volverÃa ya a verlo. Pero el Visir la tranquilizó cuanto pudo, asegurándole que no se le inferirÃa ningún daño ni perjuicio, y que el chico volverÃa al cabo de una hora. Vió el Califa que el niño estaba trémulo y asustado, y le dijo con cariñoso acento:
—Ven, hijo mÃo, acércate. ¿Eres tú quien juzgabas anoche el asunto de Alà CojÃa y del mercader que le robó el dinero? Oà tu sentencia, y estoy satisfecho de ti.
El muchacho se mantuvo sereno y respondió que, en efecto, habÃa sido él.
—Pues bien —replicó el Califa—; quiero que veas hoy al verdadero Alà CojÃa y al mercader su contrario. Ven a sentarte junto a mÃ.
El Califa tomó al niño de la mano, le sentó a su lado bajo el solio, y ordenó que se presentasen las partes.
—Defended cada uno vuestra causa; este niño hará justicia, y si en algo falta, aquà estoy para suplirle.
Hablaron uno tras otro Alà CojÃa y el mercader, y cuando éste quiso jurar como lo habÃa hecho delante del CadÃ, le dijo el niño que aguardase un poco, porque antes convenÃa ver las aceitunas.