Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Alí Cojía presentó el tarro, lo destapó, y el Califa probó una de las aceitunas; se acercaron los peritos para examinar el fruto y declararon que las aceitunas eran frescas y excelentes, por más que Alí Cojía asegurase que hacía siete años que las había puesto dentro del tarro.

El acusado conoció que en la declaración de los peritos estaba su propia sentencia, y quiso hablar algo para sincerarse; pero el niño se guardó bien de mandarle ahorcar.

Miró al Califa y le dijo:

—Señor, esto ya no es un juego, y a Vuestra Majestad corresponde únicamente condenar a muerte. Yo anoche lo hice por diversión y nada más.

Convencido el Califa de la culpabilidad del mercader, que ni aun se atrevía a levantar los ojos del suelo, bajo el peso de la conciencia, lo entregó a los ejecutores de la justicia para que le ahorcaran, como así se verificó, luego que el reo hubo declarado el sitio en que había escondido las mil monedas de oro, que fueron devueltas a Alí Cojía.

Finalmente, el soberano, después de haber amonestado al Cadí que dió la primera sentencia, abrazó al niño delante de toda la Corte, e hizo que el gran Visir le acompañase hasta la casa de su madre, dándole un regalo de mil monedas de oro, en prenda de admiración y de largueza.


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