Las mil y una noches

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—No —respondió el derviche, que conoció al punto mi defecto—; el ofrecimiento no es proporcionado, y voy a haceros otra proposición más aceptable. Decís que tenéis ochenta camellos; pues bien, os conduciré al sitio del tesoro y los cargaremos de oro y pedrería, a condición de que me cedáis la mitad justa con su carga, pues si vos me dais cuarenta camellos, yo, en recompensa, os hago dueño de riquezas con las cuales podéis comprar más de diez mil.

—Acepto la condición —respondí yo, no sin titubear, porque no me acordaba en mi afán del interés más que de los cuarenta camellos, y nada del rico tesoro.

Anduvimos juntos largo rato, hasta llegar a un valle espacioso, pero de entrada muy angosta. Las dos tierras que constituían la cañada, de forma semicircular, eran tan pendientes y escabrosas que, seguramente, ningún mortal aventurado en ella podía, estar allí mirándonos.

—Que se tiendan los camellos —dijo el derviche— para poder cargarlos con facilidad, y os diré después dónde está el tesoro.



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