Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Hice lo que el derviche me mandó, y al reunirme con él le vi encendiendo lumbre a fin de pegar fuego a un haz de madera seca que allí había. En seguida pronunció unas palabras misteriosas que no pude comprender, se levantó una densa humareda y, apenas se disipó, noté que una roca se alzaba perpendicularmente, abriéndose en forma de puerta de dos hojas, trabajada en la misma peña con primoroso arte. La abertura nos dió entrada a un palacio, suntuoso como no puede existir en parte alguna de la tierra, y yo, sin detenerme a examinar sus preciosidades de arquitectura, como el águila o el tigre que se abalanza, a su presa, me arrojé sobre el primer montón de oro que encontré, llenando precipitadamente los sacos, que eran muy grandes. El derviche se dedicó a la pedrería, y concluida la faena, nos dispusimos a abandonar aquel recinto, pero antes de salir se acercó mi compañero a una jarra de plata, tomó una caja llena de una especie de mantequilla y se la puso en el pecho.

Hizo el derviche la misma ceremonia para cerrar el tesoro que empleó para abrirlo, y todo quedó en la misma situación que antes; repartimos los camellos, y al llegar a cierto paraje del camino, él se volvía a Bassora, y yo me dispuse a regresar a Bagdad, no sin darle mil y mil gracias a aquel hombre por el insigne favor que me había dispensado.


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