Las mil y una noches
Las mil y una noches Apenas dà solo algunos pasos en mi camino, sentà el influjo perverso de la ingratitud, lloraba interiormente la pérdida de mis cuarenta camellos cargados de riquezas, y determiné apoderarme de ellos con sus tesoros respectivos. Detuve a los animales que yo llevaba y corrà desolado tras el derviche, llamándole a gritos hasta que, por fin, me oyó y se detuvo.
—Hermano mÃo —le dije—, poco después de separarnos se me ha ocurrido la idea de que vos sois un buen derviche acostumbrado a vivir lejos del mundo y exento de sus muchas necesidades. Además, y ésta es la principal razón que me mueve a deteneros, no sabréis, quizás, gobernar tantos camellos a la par. Dadme diez, y ya treinta los podréis tal vez manejar mejor.
—Tenéis razón —exclamó el derviche—, y ya empezaba a disgustarme el trabajo de manejar a tantos animales; llevaos diez, y que Dios os guarde y os dé larga vida.
Separé diez camellos, y la facilidad con que el derviche accedió a mis deseos no hizo más que aumentar mi codicia; asà es que, en vez de darle las gracias, me propuse conseguir otros diez camellos más con el mismo pretexto que antes. También accedió el derviche a mi segunda demanda, y me vi en posesión de sesenta camellos, cuyas cargas constituÃan una riqueza mayor que las de muchos soberanos y prÃncipes de la tierra.