Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Parecía natural que yo estuviese satisfecho, pero, semejante el ambicioso a un hidrópico, que cuanto más bebe tiene más sed, me sentí con mayor afán aún de hacerme dueño de los veinte camellos restantes. Tanto rogué y supliqué al derviche, que éste al fin me los cedió todos, diciéndome:

—Haced buen uso de ellos, y acordaos de que Dios puede privarnos de las riquezas si no empleamos una parte en socorrer a los pobres, porque éste es uno de los principales deberes de los ricos.

Era tal mi ceguedad, que no me hallaba en estado de utilizar sus consejos, y en lugar de manifestarle gratitud, me acordé de la pequeña caja de pomada que el derviche había guardado; supuse que tenía alguna particularidad o virtud aun más preciosa que las riquezas, y me decidí a pedírsela también. El buen derviche me la presentó con la mejor voluntad del mundo, diciéndome:

—Tomad, hermano mío, y que no sea esto causa de que quedéis descontento de mi.

Cuando tuve en mi poder la caja, pregunté el objeto de la pomada y los efectos de su aplicación.

—Su virtud es maravillosa —contestó el derviche—; si os untáis con esta pomada alrededor del ojo izquierdo, se os presentarán todos los tesoros ocultos en las entrañas de la tierra, pero si hacéis lo mismo en el derecho, quedaréis ciego instantáneamente.


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