Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Untadme, pues, en el ojo izquierdo —dije al derviche, cerrando el ojo, y al abrirle conocí que me había dicho la verdad.

Vi, en efecto, un número infinito de riquezas tan variadas, que me es imposible ni aun recordarlas. Pero como tenía precisión de cerrar el ojo derecho con la mano, supliqué al derviche que me aplicase el unto a fin de ver con más comodidad.

—Acordaos de lo que os he dicho —exclamó—, es decir, que quedaréis ciego inmediatamente.

—Hermano —le contesté—, creo que queréis engañarme, porque es imposible que la pomada produzca tan contrarios efectos.

—Sin embargo, así es, y debéis dar crédito a mis palabras, porque no sé disfrazar la verdad.

No quise fiarme de su palabra, y aun me imaginé que la mantequilla tendría el poder de presentar a mi vista todos los tesoros de la tierra aplicándola al ojo izquierdo, y que haciéndolo al derecho pondría tal vez esas riquezas a mi disposición, así es que insté al derviche de un modo desesperado, pero éste se mantuvo inflexible hasta que, vencido por mis súplicas, me untó con la pomada el ojo derecho. Cuando le abrí no distinguía más que sombras confusas, y a los pocos instantes me encontré sumido en la más negra obscuridad. ¡Estaba ciego!


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