Las mil y una noches

Las mil y una noches

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No tuvieron límite mis gritos y lamentos, al conocer lo horrible de mi situación, y como el náufrago que se agarra a una tabla que es su última esperanza para poner a salvo la vida, yo me arrojé a los pies del derviche, rogándole me dijese algún secreto de los muchos que poseería con objeto de recobrar el inestimable sentido de la vista.

—¡Desventurado! —exclamó—. Harto te lo había dicho, y la ceguedad de corazón es la que te ha arrancado la de la vista. Es cierto que poseo secretos para curar enfermedades, pero ninguno que sea capaz de devolverte lo que has perdido. Dios te castiga por tu avaricia y te despoja de las riquezas que yo daré a personas más crédulas y dignas que tú.

El derviche me dejó solo en mi quebranto, reunió los ochenta camellos y se los llevó a Bassora, y habría yo muerto de hambre y de pesadumbre si una caravana, compadecida de mí, no me hubiese llevado a Bassora y luego a Bagdad.

Quedéme reducido, desde la posición más ventajosa, a la triste clase de mendigo y a pedir limosna por las calles, y para expiar mi falta me impuse la obligación de recibir un bofetón de cada persona caritativa que se compadeciese de mi desamparo.

He aquí, señor, el motivo de lo que ayer pareció tan extraño a Vuestra Majestad, y por lo que he incurrido en su enojo.


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