Las mil y una noches
Las mil y una noches Cuando el ciego hubo terminado su historia, le dijo el Califa:
—Abdalá, tu pecado es grande, en efecto, y gracias a Dios que te has arrepentido. Continúa tu penitencia, pero privadamente, y para que no tengas necesidad de pedir limosna, te señalo una pensión que te pagará mi tesorero durante toda tu vida.
Abdalá se postró ante el trono del Califa para darle las gracias en los términos más expresivos.
Contento el soberano con la historia del ciego, se dirigió al joven a quien había visto maltratar a la yegua, y le preguntó su nombre. El joven respondió que se llamaba Sidi Noman.
—Toda mi vida —añadió el Califa— he visto amaestrar caballos, pero nunca del modo con que tú lo haces a tu yegua, escandalizando a la ciudad. Sin embargo, tu aspecto no es el de un hombre bárbaro y cruel, y supongo que no obrarás así sin fundamento ninguno. Quiero saber lo que a ello te obliga, y te he hecho venir para que me lo refieras sin ocultarme absolutamente nada.
El joven se puso pálido al calcular el conflicto en que se hallaba, pero le fué preciso obedecer la orden de su soberano, aunque al principio no atinaba a proferir palabra según la turbación de su ánimo.