Las mil y una noches
Las mil y una noches A pesar de lo cariñoso y afable de mi acento y de mis maneras, Amina continuó comiendo del mismo modo, sin responder una sola palabra, y para mortificarme más, no quiso probar de otras viandas, sino un poco de pan hecho migajas, como si hubiera sido para gorriones. Creí que aquel día no tendría apetito y me marché, dejándola sola y sin decir nada del disgusto que me había causado su extraña conducta. Lo mismo sucedió en la cena y en todas las comidas de los días siguientes, y para mí era un arcano impenetrable el que Amina pudiese vivir con tan poco alimento. Disimulé, sin embargo, hasta que el tiempo viniese a darme la clave del misterio. Por desgracia, no se hizo esperar.
Una noche en que mi esposa me creía profundamente dormido, se levantó muy despacio, y noté que se vestía con tiento para no hacer el menor ruido. Acabó de vestirse y salió del cuarto, mientras yo fingía el sueño con objeto de observar mejor.
Apenas hubo marchado, salté del lecho, me aproximé a una ventana que daba al patio y vi a Amina que salía a la calle por una puerta excusada. Corrí tras ella, y a la claridad de la luna la seguí hasta que entró en un cementerio que estaba cerca de casa; subí a la tapia, que era bastante baja, y vi a mi mujer en compañía de una bruja de repugnante figura, de ésas que van por la noche al campo santo a alimentarse con los cadáveres que desentierran.