Las mil y una noches
Las mil y una noches Apenas daba yo crédito al horrible espectáculo que tenía delante de mis ojos. Desenterraron ambas un muerto que había sido sepultado aquella misma tarde; la bruja le arrancó grandes pedazos de carne con sus tremendas uñas, y las dos mujeres comieron juntas y sentadas al borde de la huesa. No pude entender ninguna de las palabras que pronunciaron, porque estaba muy lejos de ellas; y acabado el asqueroso banquete, echaron en la fosa los restos del cadáver, cubriéndole de tierra. Yo salté del muro, volví a casa con precipitación y me acosté fingiendo que dormía. Amina entró después y se dispuso también a dormir, muy satisfecha al creer que no me había dado cuenta de nada.
Lleno de terror al recuerdo de lo que vi en el cementerio, no pude conciliar el sueño en toda la noche, y apenas despuntó la luz del alba, me vestí y fuí a la mezquita a rezar las oraciones de la mañana. Luego paseé por los alrededores de la ciudad, reflexionando acerca del partido que debería tomar, y volví a mi casa resuelto a emplear el agrado y no la violencia para retraer a mi esposa de su malvada costumbre. Sentámonos a la mesa y mi mujer repitió la operación de comer el arroz grano a grano.