Las mil y una noches
Las mil y una noches —Amina —le dije con el comedimiento posible—, ya sabes desde el primer dÃa de nuestra boda, el disgusto que me causa verte comer de esa manera, y sin embargo insistes en apesadumbrarme. Hasta aquà he guardado silencio por evitar discordias, y hoy te ruego me digas si la comida que nos dan no es mejor que la carne de muerto.
Al oÃr estas palabras, conoció Amina que estaba descubierta y se encolerizó de un modo imposible de definir. Sus ojos parecÃan dos carbones encendidos, de sus venas hinchadas brotaba sangre y de la boca le salÃan espumarajos de rabia y de cólera. Asustado con aquellos sÃntomas, me quedé inmóvil y mudo de espanto, y Amina, en su arrebato, se apoderó de un vaso de agua, mojó en él los dedos y, pronunciando palabras ininteligibles, me roció el rostro, diciéndome con furia:
—¡Infame! Recibe el castigo de tu curiosidad y conviértete ahora mismo en perro.
Y en perro quedé transformado instantáneamente.