Las mil y una noches
Las mil y una noches En seguida cogió un palo y me maltrató con tanta crueldad que no sé cómo no quedé muerto en el acto bajo tan feroces y repetidos golpes. Me persiguió por toda la casa, y al fin pude salir a la calle dando aullidos de dolor, lo cual contribuyó a que muchos perros me siguieran dándome terribles dentelladas mientras yo corría a escape. Me refugié en la tienda de un carnicero que me defendió de mis perseguidores, y mi primer cuidado fué meterme en un rinconcito de la casa, donde no hallé, sin embargo, el asilo que en un principio me había figurado, porque el carnicero, a la mañana siguiente, se opuso a que yo entrase en la tienda. Me dirigí a la de un panadero vecino, y éste, que estaba almorzando, me acogió muy bien, me hizo repetidas caricias y me arrojó dos hermosos pedazos de pan; y así es que desde entonces quedé instalado en casa de mi nuevo amo, a quien demostré fidelidad y cariño. Le acompañaba siempre a todas partes, dando gritos y saltos de alegría, y el panadero me puso por nombre Colorado. Un día fué a la tienda una mujer a comprar pan, y entre las monedas que dió había una falsa. Echóla de ver mi amo, y se la devolvió pidiéndole otra, pero la mujer insistió en que era buena, y el panadero entonces dijo:
—La moneda es tan falsa que estoy seguro de que mi perro, que es un animal irracional, la va a conocer al punto. Ven acá, Colorado.