Las mil y una noches
Las mil y una noches Al oír su voz, salté sobre el mostrador; el panadero extendió las monedas delante de mí, las miré todas, y en seguida puse la pata encima de la falsa mostrándola a mi amo, que se quedó absorto, ya que sólo había apelado a mi discernimiento para probar lo convencido que estaba de que la moneda era mala. La mujer no supo qué contestar y se retiró confusa y avergonzada. La noticia de mi habilidad cundió por el barrio y por todo el pueblo, que, mañana y tarde, acudía en tropel a presentarme monedas buenas y falsas para que yo las separase con la pata, y llegué a convertirme en un tesoro en casa de mi amo, quien no podía dar abasto a los compradores, que con pretexto de verme iban a comprar pan a la tienda.
Algunos quisieron robarme, y el panadero tuvo que guardarme con mil precauciones para que los criminales no lograsen su intento.